El plan de hoy es llegar a Trevélez, el pueblo más alto de la Península. Eso significa que seguiremos subiendo aún más. Los montes están nevados y sus corrientes frías bajan, buscando algún hueco en mi chaqueta. Afortunadamente no tienen exito, pero sí consiguen atravesar la tela de mis guantes, y enfriar mis manos cada vez más. Lo mismo sucede con mis pies, que también empiezan a notar los mismos síntomas.
Después de unos kilómetros llaneando por las laderas, me paro en un puente, donde hay un bonito salto de agua. Le pido a Lorenzo que se haga paso entre las nubes, y así lo hace durante unos minutos, tiempo suficiente para calentar mis pies, que junto con un taconeo flamenco, vuelven a coger temperatura. Bebo un poco de agua del bidón, que está a temperatura ambiente, es decir congelada, y continúo pedaleando.
Ahora son mis manos las que se quejan del frío. Para ayudar a combatirlo voy haciendo puñetas con los dedos durante unos quince minutos y eso me alivia un poco. Pero una vez que empiezo la bajada hasta Trevélez, ya no hay remedio, las manos me duelen horrores y casi no puedo apretar los las manetas de freno. Veo el pueblo. Parece que esté aquí al lado. Pero la bajada se hace interminable y llego con los manos congeladas. Entro en el primer bar que encuentro. No veas que gustito terminar la jornada con un cafetito bien caliente.