Dia de todos los Santos. Lo sé porque a las 7 de la mañana, buscando una cafetería para desayunar, veo gente disfrazada, uno de drácula, otro de mimo, otro de zombie, ¡ah no!, ese soy yo, que estoy todavía un poco sobao. En el cielo se dibujan muchas nubes, pero no llueve y según el pronóstico no lloverá tampoco durante el día.
Al igual que en Zamora, salgo de Salamanca por el puente romano, la salida sur de la ciudad. Es fácil orientarse en la via de la plata, tanto si vas en un sentido o en otro, con una simple brújula puedes guiarte con exactitud, siguiende el norte o el sur.
Casi todo el Camino transcurre por dehesas y apenas se toca el asfalto de alguna carretera secundaria. Toros y vacas se ven, mires donde mires. Un grupo de terneros jóvenes empiezan a correr uno por uno, según nos vamos acercando la Treki y yo. Sólo uno de ellos se queda quieto, dando ejemplo de valentía al resto.
La sierra de Herreros avanza hacia nosotros y sus molinos de viento son cada vez más grandes. Según el mapa, la Via va por abajo bordeando las montañas, atravesando la dehesa La Dueña. Cuando entramos en el camino, un cazador, que se encuentra casi camuflado, en un lateral me pregunta:
cazador: ¿A dónde vas? yo: Pues Via de la Plata cazador: Por aquí no puedes ir, hay cazadores por esta zona y te pueden pegar un tiro. yo: ¡Pero si esto Via de la Plata!, por dónde voy si no. cazador: No, no, Via de la plata es más arriba. (Me dice señalándome los molinos de las montañas). yo; ¿Seguro?, mira que mi mapa me dice que es por aqui. cazador: Si, si, ya verás, hay muchas flechas amarillas, no tiene perdida.
Finalmente, me fío y doy la vuelta para subir por la carretera que me ha indicado. Ni una flecha amarilla de las que decía. De todas maneras sigo para adelante, ya con la idea de cruzar la sierra por arriba. No sé si es el espíritu de Don Quijote o el moviemiento hipnotizante de las aspas de los molinos, el caso es que acabo subiendo ,por un vallado, hasta el parque eólico. Trekila me mira raro, pero acaba asumiendo el papel de Rocinante y yo el del legendario caballero de la Mancha, dispuestos a enfrentarnos a esos gigantes toreros del viento. Ni siquiera está Sancho para impedirnoslo.
A unos diez metros, tres jabalís grandes se cruzan corriendo en nuestro camino y dos perros de caza les siguen de cerca. Unos minutos después, se escuchan unos disparos y pienso, me alegro de no haber nacido jabalí en esta zona. Después de siete kilómetros consigo enlazar de nuevo con la Via, y llegar hasta Fuenterroble por una tranquila dehesa sin cazadores, jabalís, ni molinos.
En el albergue de Fuenterroble me atiende una chica. Es joven, su cara está tristona y no sonríe en ningún momento, pero amablemente me ofrece un cafe caliente y unas galletas, que son bien agradecidas.
Allí coincido también con otros peregrinos, Antonio, un señor de Girona, un tipo grande y simpaticote. Lothan, un señor francés que aparenta unos sesenta y cinco años y se ha recorrido medio mundo caminando. Se le ve en forma. Chapurrea algo de castellano, lo suficiente como para poder hablar con él.
Después llegan Jean Pierre y Joana. Parecen bastante cansados. Jean Pierre es francés, un tipo muy sonriente y con cara de pillo, y habla castellano muy bien. Joana es de origen brasileño y aunque no habla castellano, entiende casi todo.
En el albergue no hay calefacción. Un pequeño salón con chimenea nos reune a todos frente al agradecido fuego. Decidimos comprar algo en la tienda de ultramarinos y hacer una cena conjunta de pasta, huevos fritos, acompañado todo, cómo no, de unas botellas de sangre del Camino. Joana hace de cocinera, mientras Jean Pierre y yo asumimos el papel de pinches de cocina, colaborando en todo lo que podemos. Jean Pierre limpia unas setas para acompañar con la pasta y yo con una espumadera gigante consigo sacar con maestría y fortuna los huevos fritos de una sarten minúscula. Todo es un espectáculo, la cocina es el escenario, Joana, la actriz principal y Jean Pierre y yo, los actores secundarios. Menuda comedia. Nos reimos de lo lindo, y la cena sabe igual que la actuación, estupenda.
Después de cenar y limpiarlo todo, Jean Pierre propone tomar un orujo digestivo en el bar. El orujo que nos sirven es casero y después de tres rondas, estoy seguro que lo ha quemado todo.
Discutiendo sobre si el alcohol, el vino o el tabaco, acortan la vida o no, Jean Pierre cuenta una anécdota relacionada con el tema. Un investigador está haciendo un estudio sobre los factores y costumbres que pueden afectar a la longevidad de una persona. Para ello hace encuestas a personas mayores, con el fin de sacar alguna conclusión. Una de las personas encuestadas responde lo siguiente.
encuestador: ¿Bebe usted alcohol? encuestado: Ni una gota desde que nací. encuestador: ¿Fuma? encuestado: Ni una calada desde que nací. encuestador: ¿Come usted carne? encuestado: No. encuestador: ¿Hace ejercicio a menudo?. encuestado: Hago footing al menos media hora cada día. encuestador: ¿Cree usted que todo esto es el motivo por el que usted ha llegado a esta edad? encuetado: No sé, si quiere se lo preguntamos a mi padre que desde hace años fuma y se emborracha en el bar todos los días.
Después de esta y otras anécdotas, nos vamos todos a dormir, a refugiarnos encogidos en nuestros sacos, esperando estar mañana descansados y preparados para otra dura jornada.