A las 7 se enicenden las luces automaticamente, aunque la mayoria de la gente ya se ha levantado hace media hora. Edgar y yo coincidimos poniendo a punto nuestras máquinas. Su máquina lleva amortiguación delantera y trasera, no lleva alforjas, tan sólo un bulto de dos kilos en la parrilla y una mochila de montaña en las espalda. Es verdad que asi el punto de gravedad del conjunto bici-persona se mantiene más estable que llevando alforjas, y se nota cuando bajas por caminos que no son fáciles, pero para viajes largos no sé cómo afectará a la espalda.
Una vez engrasadas las máquinas, lo pedían después de la calada de ayer, e inflados los neumáticos, vamos a tomar un café. Hablamos de dónde llegaremos hoy, de mi aventura y me dá algunas ideas para la web. Es un tipo simpático y tiene un montón de ideas buenas en la cabeza.
El día está nublado, pero no llueve y se nota un descenso importante de la temperatura, siete grados marca el termómetro. Lo primero nada más salir es cruzar el puente del rio miño, desde donde se pueden ver algunas de las ruinas del antiguo Portomarín. Después toca una subidita no muy fuerte, de unos ocho kilómetros.
En Sarria tengo que comprar urgentemente cuatro pastillas de freno que pongo inmediatamente; tanto las traseras con las delanteras están ya en las últimas.
Antes de llegar a Furela me encuentro con Mónica, una peregrina que está acompañada de sus vecinos y su tio, que han venido desde Asturias a hacerle una visita en el Camino. Me paro a saludarles y en menos de nada me ofrecen un trozo de empanada gallega, que acepto con gusto, y con gusto también me la como; está buenísima. Mónica es un encanto, alegre y aventurera. Sus tio y vecinos, gente campechana, familiar y muy agradable. Da gusto charlar con ellos y disfruto un montón de su compañia, durante más de media hora.
Este encuentro me ha venido muy bien para coger fuerzas, y llegar hasta Triacastela sin problemas. He preferido quedarme aquí para mañana poder disfrutar de la subida a O Cebreiro y evitar así que me pille el frío.
Parece increible, al llegar a Triacastela me topo con una chica alemana que conocí en el albergue de Sangüesal, cuando iba camino del norte. Hace ya más de un mes de eso. También coincido con dos ciclistas. Miguell Angel y Samuel, dos zaragozanos muy majetes con leve acento aragonés, con los que me echo unas buenas risas. Cenamos juntos un menú de peregrino, con un vino peleón y después de charlar un rato nos vamos a dormir.