Hora de salida: 10h Hora de llegada: 12:45 Distancia recorrida: 30 km
ya me dijeron ayer que llovería y asi ha sido. A las 9 de la mañana ya se oye el clak, clak de la lluvia golpeando el tejado del albergue. Saco el chubasquero que estaba ya en el fondo de una de las alforjas, y me preparo psicologicamente para el pedaleo bajo la lluvia.
El cielo está totalmente cubierto, ni siquiera se distinguen unas nubes de otras; todas se han unido en una, formando una gran extensión de color blanco grisáceo, de la que es imposible ver dónde acaba. Una ligera niebla va de la mano entre cielo y tierra que acompañada de la lluvia forman un paisaje totalmente invernal.
Mentalizado del día que me espera, me pongo en marcha. Los peregrinos aparecen en el Camino, con sus ponchos antilluvia, cubriendo su cuerpo de la cabeza a los pies, formando a lo lejos, figuras autenticamente fantasmales. Es lo más parecido a una película de zombis. Todo cambia cuando, al pasar a su lado, levantan la cabeza y saludan sonrientes.
Cuando llevo unos 20 km, tengo los pies empapados y sigue lloviendo a cantaros. La decisión es firme, me quedaré en Portomarín. Llego casi a tiempo. Abren a las 13h. La hostalera es guapa, pero no sé como es su sonrisa; por mucho que lo intento no consigo arrancarle una. De momento estoy solo, pero no tardan en llegar un grupo de catalanes. A eso de las 17h el dormitorio se llena de gente y con ello de ropa mojada tendida por todos los rincones. Llega también un compañero sobre ruedas, Edgar. Es alemán, su inglés es bastante bueno, nada que ver con el mío, pero por lo menos podemos conversar un buen rato.
Parece que mañana no lloverá, o eso es lo que dice Internet sobre la predicción del tiempo. Eso me tranquiliza. A las 10 se apagan las luces automáticamente, y una hora más tarde ya se oyen los primeros ronquidos. Entre ellos los de mi vecino de cama. Por primera vez en el viaje, no me queda más remedio que ponerme los tapones. Buenas noches.