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Era verano, fin de semana. Salí en mi bicicleta de carretera con mi amigo Raúl. Ibamos haciendo una de nuestras conocidas rutas que tanto frecuentábamos, por los pueblos y alrededores de La Llanada Alavesa. El caso es que íbamos por una carretera secundaria de doble sentido que no tiene arcén y por la que apenas pasan coches. Ibamos uno al lado del otro charlando de nuestras cosas, cuando oímos el sonido de un claxon detrás nuestro. - ¡¡ miccc, miccc !!. Como tantas otra veces, supusimos que era un coche que quería adelantarnos y viendo que delante estaba el camino despejado, Raúl que iba por la parte interior, le hizo un gesto con el brazo para que pasará.
Pero el coche no pasaba. - ! micc, miiiiicc !- , escuchamos de nuevo. Esta vez el sonido era un poco más insistente. El camino seguía despejado y Raúl, moviendo el brazo también con insistencia, le volvió a indicar que podía adelantar sin peligro.
En ningún momento miramos hacía atrás, por seguridad de no perder la vista de la carretera. - ! miiiiicccc, miiiiiiiiiiiicccc, miiiiiiiiiicccc !- escuchamos de nuevo. A Raúl ya se le empezaron a incharon los huevos y moviendo los brazos con mucha insistencia dijo en alto - ¡ joer, pasaaaaaa ya, me cago en la lecheeeee !. Pasados escasos segundos, el coche se puso a nuestro lado y de la ventanilla salió una voz grave - ¿Te pasa algo en el brazo chaval?- Era la policía.
A Raúl y a mi se nos cambió la cara de repente. Nos dieron el aviso de que teníamos que ir en fila de a uno, tal y como indican las normas de circulación. Nosotros les dimos la razón, pero también nos excusamos explicándole que por esa carretera no había apenas tráfico y se podía circular en fila de a dos con tranquilidad. Finalmente nos pusimos en fila de a uno, y el coche policia aceleró, desapareciendo de nuestra vista.
Afortunadamente no nos pusieron ninguna multa. Ahora, cada vez que paso por allí me acuerdo de esto como si fuera ayer y no puedo evitar soltar una carcajada.
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