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Dar una vuelta a España en bicicleta tiene la grandeza de poder escuchar una gran variedad de acentos y lenguas que aunque no quieras se te van pegando un poquiño en Galicia, un poquinín en Asturias, una miqueta en Catalunya, pixka bat en Euskadi, un pocoooó en Aragón,... Esta anécdota me ocurrió en la pronvincia de Cádiz cuando aún no tenía pillado muy bien el acento andaluz.
Acababa de pasar Conil de la Frontera, en Cádiz, y había cogido el camino paralelo a la playa, tal y como indicaba el rutómetro de la Transándalus:
"Continuar hasta un riachuleo y cruzar al otro lado por el lado de la playa", decía la guía textualmente.
Seguí el camino, mitad arena mitad hierba, y llegué hasta el susodicho riachuelo. Era el momento de cruzar por la pla.... -¡pero qué coño, ¿dónde está la playa?-. Por lo visto la pleamar se la había comido con patatas, y el paso por donde debía cruzar me cubría de agua hasta las rodillas. -¡Joer!, ¿y ahora qué hago?-. Pues nada, vuelta pa'trás. Regresé por el camino que había venido, buscando algún desvío que me permitiera atajar y no dar tanta vuelta.
-¡Sí, hay uno!-, dije mientras consultaba el GPS. Me desvié y lo cogí. Un tractor con unos artilujios alargados taponaba el camino, y un señor, tumbado en el suelo con un sombrero de paja en pefecto equilibrio sobre la cara, dormía en el suelo junto a una de las ruedas. Estos obstáculos no son ningún impedimento cuando viajas en bicicleta, así que bajé de la bici y rodeé el tractor a pie. Al pasar a su lado el señor se despertó. Al verme, comenzó a hablarme en un lenguaje que mi cerebro no tenía registrado: -¡Taxaolcandao, taxaolcandao!-, me decía con énfasis. No le entendía ni papa. Creo que hablaba en gaditano coloquial, un slang que yo no había estudiado. Me pareció entender algo asi como: -¡Qué está encharcao!, ¡Qué está encharcao!-, y era verdad, había muchos charcos, con lo que le respondí, -no importa, eso no es problema-. Pero el señor seguía insistiendo, "¡quetaxaolcandao, quetaxaolcandao!". Y yo para mis adentros diciendo, -que siii, que ya sé que está encharcaaaaao!-
Bordeé el tractor y continué por mi estimado atajo, ante la mirada indistinta del aldeano, mientras esquivaba los charcos, seguro de mi mismo y de haber entendido aquel idioma tan raro. Casi había llegado al final del camino, cuando una berja de metal impedía el paso. -¡Mierda, joer, menudo día!-. Estaba atada con una cadena y un candado. Agarré el candado mirándolo con desprecio, y enrrabietado le di un par de tirones fuertes. Vano intento. Cuando lo dejé caer, me vino el flash, "!taxaolcandao!", -¡Claaaaaro, está echado el candado, ja ja ja!-. Tuve que echar pedales atrás, bordear de nuevo el tractor, y dar una vuelta maja para enlazar finalmente con la carretera. El aldeano no dijo nada cuando pasé a su lado por segunda vez, pero su gesto en la cara lo decía todo, "!yatoavixé, yatoavixé, so melón!".
No veáis lo que me reí cuando pasé por delante de la berja, esa vez por el lado contrario, y vi el candadito todavía descojonándose de mi, y al paisano en su tractor, seguramente repitiéndose todavía "¡miraquelavixé, miraquelavixé, quetaxaoelcandaaaaao!". Todo por mi torpeza lingüistica, y no tener registrado aún ese slang gaditano, que para un desconcido como yo resultó ser un auténtico travalenguas. |